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lunes, 6 de junio de 2011

La casa del Hayedo (Parte II)


Eneri fue a la casa del hayedo y yo debí superar mis temores para ir a buscarla. Anduve toda la tarde por el antiguo sendero, que en esta época del año se cubría con un manto de hojas en tonos amarillos, ocres y verdes. Había árboles centenarios de ramas desnudas que parecían garras y podía oírse el borboteo del agua y el trinar de los pájaros. Al final llegué al prado en cuyo centro se alzaba la casa.
En el prado los rosales se confundían con las zarzas, la maleza poblaba el terreno. El camino de piedra, que llegaba hasta la puerta principal, estaba resbaladizo por el musgo y la yedra engullía la mitad de la casa. Los muros que no estaban ocultos se desconchaban dejando ver el ladrillo. La falta de tejas dejaba al descubierto las vigas de madera, parecidas a una herida abierta.
Empujé con todas mis fuerzas la puerta principal. Anunció mi llegada con un quejido que retumbó en el vestíbulo.
Me envolvió un olor nauseabundo y me tapé la nariz. Los escasos muebles estaban cubiertos de polvo y telas de araña, al igual que las lámparas. Los suelos tenían una capa de polvo, tierra en la que se marcaban mis pisadas.
Giré observando en rededor mis huellas y otras más grandes, pero ninguna como las que Eneri habría dejado.
Una corriente de aire me hizo estremecer y cerré la cremallera de mi cazadora. Registré una por una todas las estancias de la planta, embargándome una sensación de pérdida. El salón, un despacho con librerías desiertas, un dormitorio cuyo dosel de la cama lo componían unas telas de araña intactas. En la cocina el hedor se acentuó y el grifo goteaba, el comedor tenía las cortinas raídas…
Mi incursión me llevó al pié de la escalera. Subí los peldaños, que crujían bajo mis pies, mientras estudiaba los techos desconchados y mohosos. Al llegar arriba, vi que del distribuidor salían dos pasillos que parecían estrecharse hasta perderse en la oscuridad. Apenas se filtraba la luz del crepúsculo a través de los cristales rotos de las ventanas. Palpé los bolsillos de mi cazadora y noté el bulto de la linterna que había cogido antes de salir de casa.
Recorrí el pasillo de la derecha buscando cualquier pista que me indicase que allí había estado Eneri. En cada habitación el aire estaba cada vez más cargado y húmedo. Sentía como si una fuerza invisible me asfixiara. Recorrí el pasillo izquierdo más deprisa. El sudor bañaba mi rostro, pero notaba frío y la cabeza me daba vueltas.
Eneri no estaba en la casa.
Bajé las escaleras corriendo. Atravesé el recibidor hasta salir al prado. Me derrumbé sobre la hierba y las hojas secas amortiguaron mi caída. Me costaba respirar y los hayedos se distorsionaron. Cerré los ojos con fuerza tratando de calmarme.
-¿Dónde estás? –sollocé.
Al cabo de un rato me incorporé. Debía regresar a casa antes que anocheciese.
Alcé la vista hacía la casa estudiando su estructura cuadrada. En ese momento me percaté de unos ventanillos cerca del suelo ocultos por la maleza.
Me aproximé de rodillas al más cercano para descubrir qué había allí, pero los cristales estaban cubiertos de mugre. Con la manga de mi cazadora limpié la superficie sin éxito, pues casi toda la suciedad se acumulaba en la parte interna. Me levanté. Examiné los demás ventanillos sin resultado, aunque noté que uno de ellos estaba tapado por un tablón.
En mi desesperación busqué una piedra, la arrojé contra uno de los ventanillos, que se fragmentó. Cogí otra piedra. Rompí los cristales del marco, que habían quedado de punta como cuchillos. Saqué la linterna del bolsillo y la sujeté encendida en la boca. Me senté pasando los pies a través del ventanillo.
-¡Ah! –me corté en el muslo. No me detuve.
Tenía las piernas colgando. Me giré para deslizarme. Contuve el aliento mientras me agarraba al alfeizar. Estaba colgando. Hasta ese momento no había pensado en la distancia que me separaba del suelo. La caída podría ser considerable. Inspiré una bocanada de aire para armarme de valor. El hedor me sorprendió. Me solté sin vacilar. No hubo caída. Di un paso atrás para comprobar que el ventanillo quedaba a mi al alcance para salir de allí.
Miré la herida del muslo, que sangraba. No era muy profunda y no tenía tiempo de detenerme con aquella nimiedad.

Continuará...
Nota: derechos de autor reservados.

miércoles, 1 de junio de 2011

La casa del hayedo (Parte I)


 Eneri, mi mejor amiga, había desaparecido una semana atrás. Estaba soltera y vivía sola. Yo fui quien notó su ausencia.
Lo primero que se barajó fue un accidente por los aledaños. Se habían organizado batidas para buscar en montes, arroyos, terraplenes…
 No quedó un metro cuadrado sin mirar. Investigaron la posibilidad que hubiese marchado sin avisar, pero se descartó. Tampoco tenía enemigos. Yo propuse inspeccionar la casa del hayedo. Aunque al principio no consideraron mi idea, acabaron ampliando la búsqueda a ese lugar, pero tampoco hallaron nada.
 Los lugareños conocían la existencia del prado, cruzado por un arroyo, y de la casa abandonada que allí había, pero no se acercaban a esa zona. Los adultos contaban fábulas, para atemorizar a los niños, sobre fantasmas y espíritus malignos que moraban en la casa. A todas esas fábulas yo añadía los misteriosos hallazgos que Pablo, el guarda forestal, describía a mi marido y al sargento de la guardia civil a modo de confesión. Aunque esas historias acaban en boca de todos: el aire del prado que dificultaba la respiración, la ausencia de animales, el crecimiento de una baya venenosa que no corresponde a este hábitat, el viento que parecía gritar…
 Días antes de la desaparición de Eneri escuché a hurtadillas la siguiente conversación:
 -¿Has vuelto a encontrar más animales muertos? –preguntaba Jorge, mi esposo.
 -Sí y puedo asegurar que a esos jabalís y ciervos no los ha matado un animal o una persona –dijo Pablo.  Ambos estaban de pie con Martín, el sargento de la guardia civil, en la cocina de mi casa, bebiendo cerveza y limpiando las escopetas tras un día de caza.
  -¿Cómo estás tan seguro? –le respondía el sargento.
  -Porque sólo les falta la cabeza. No tiene sentido que un animal sólo decapite a su presa. Por otro lado, una persona no tiene la fuerza suficiente para arrancar la cabeza a un animal sin emplear un instrumento, quizás a un pájaro sí, pero ni siquiera a un conejo. Además, he acampado toda esta semana en el linde del prado, tras unos matorrales para ocultarme. Antes de retirarme a la tienda he dado una vuelta por el prado sin encontrar el rastro de ningún animal vivo ni muerto y por la mañana había varios animales decapitados. Hace una semana encontré un lince y está protegido –explicó.
 -Pueden haberlos matado mientras dormías –dedujo Jorge.
 -Es muy difícil cazar de noche, por no contar con el ruido que haría. Además aguanté varias noches en vela, observando con unas gafas de visión nocturna y no vi nada. Y por la mañana había animales muertos –su relato se convirtió en un murmullo.
 -No creerás las mentiras que se cuentan de la casa del hayedo –bromeó Martín.
 -¡Vamos Pablo, que los fantasmas no existen! –prorrumpió en carcajadas Jorge.
 -Ya lo sé –Pablo simuló tranquilidad dando un trago a su cerveza-, pero no me negaréis que es un caso escalofriante.
 Ahora lamento haber referido esa conversación a Eneri. Ella insistió en ir al prado a comprobar qué había de cierto en el misterio de los animales decapitados. Quiso que la acompañase, pero no logró convencerme. Yo apenas dormía desde que había oído aquella historia.
 -Teresa, son bobadas y exageraciones –me dijo ella.
 -Por nada del mundo iría a ese lugar –aseguré.
  No insistió. Sus ojos marrones rezumaban astucia, lo que acentuaba sus rasgos afilados y su nariz aguileña, mientras acariciaba su melena con una risa sorda. Yo sabía lo que estaba tramando.

Continuará...

Nota: registrados los derechos de autor.

domingo, 8 de mayo de 2011

Libre



En mi mundo puedo ser lo que yo anhele.

Quiero ser viento frío e intempestivo. Moverme a mi antojo volando a través de verdes montañas, inhóspitos parajes llenos de magia y encanto… Mover nubes, moldeándolas con formas. Provocar tormentas y huracanes. Puedo ser destructiva. Hallar la misma fuerza del viento para arrasar mi vida y cambiar lo que está mal en ella.

Quiero ser aire. El mismo aire que acaricia tu piel al sol y que juega a alborotar tus rizos. Llevar a tu olfato aromas olvidados. Hacer que se erice tu piel con la brisa del mar.

Quiero ser tierra. Elevar montañas, provocar terremotos y sacudidas en mi vida. Escupir la lava de mi interior que abrase mis entrañas y me haga temblar. Ser tierra acogedora y productiva donde pacer. Cubrirme con prados de hierba salpicados de flores, recorrida por ríos y lagos.

Quiero ser agua. Refrescar los sentidos. Inundar tus emociones. Ser maremoto. Ser la gota que colma tu boca y se desborda deslizándose por tu cuello hasta perderse en tu pecho. Caer en forma de lluvia hasta calar en lo más profundo del alma. Puedo ser lluvia torrencial que desborda ríos, arrastrando la inocencia de mi juventud.  Bébete hasta la última gota de mis quimeras y sáciate con ellas. Ser voluble y adaptable a cualquier envase para que puedas conservarme.

Quiero ser sol. Estimular el crecimiento de las flores en primavera. Iluminar tu camino para que no tropieces con los baches. Calentar tu cuerpo al reposar en la arena de la playa. Irradiar esperanza a todos los que perdieron la fe en esta vida, otorgándolos fuerza paras seguir adelante.

Quiero ser nieve. Manto gélido de blancura inigualable. Cubrir las cosas más grotescas transformándolas en hermosas figuras de blanco. Niños y mayores disfrutan creando ángeles en la nieve, muñecos rechonchos con nariz de zanahoria, brazos de palos, ojos de piedra inanimada, gorro y bufanda. Hacer guerras con bolas de nieve, donde el herido más grave es el que más se divierte. La nieve que evoca recuerdos navideños, donde la paz y el amor predominan sobre la crueldad y la guerra.

Quiero ser fuego. Dejar tras de mí la huella de la desolación. Bañar de cenizas y negro valles, bosques y montañas. Arrasar fauna y flora. Fuego de mi hogar. Caldear la casa en una chimenea mientras yacemos desnudos en la alfombra. El mismo fuego que descubrieron hace millones de años los hombres. Ser el fuego de tus ojos cuando me miran devorando mi voluntad.

Quiero ser océano. Inmensas aguas que surcar a nado o a flote de un velero. Misteriosos e insondables secretos guardados en el fondo del alma. Vestirme con corales y peces de vivos colores pululando a mí alrededor. De espuma las olas adornarán mi faz.

Quiero ser olor.  Perfume floral a azahar, jazmín y rosas. Olor a dulce de chocolate. A cítricos exquisitos que abren el apetito. El olor de tu piel recién salida de la ducha que despierta mis instintos. Olor salido de las cloacas, por qué no, no puedo cautivar a todos.

Quiero ser tacto. Acariciar tu piel. Tocar tu mentón al despuntar la barba. Retener tus manos frías, entre las mías, y proporcionarlas calor. Rozar tus labios con la yema de mis dedos que tiemblan de emoción. Sentir tu aliento en mi boca. Enredar tu pelo entre mis dedos.  Memorizar tu cuerpo en la oscuridad: cada trazo y rincón de tu fisionomía.

Quiero ser sabor. El dulce amargor del chocolate. El ácido de una fruta tropical que me estremecer. El sabor de tu piel palpitando bajo mi lengua. Paladear el mal sabor que produce el desamor. Fresca menta, amargo café, dulce nata…Todas son explosiones en mi boca.

Quiero ser ojo. Ver todo lo que tus ojos ven. Ver lo que nadie ve. Pero, sobre todo, ver lo que nadie creería jamás. Las fantasías de mis sueños, personajes fascinantes, lugares que nunca se han descubierto o que todavía no se han inventado. Llorar cuando la tristeza me invada y excitarse cuando tu cuerpo aparece delante de mí, contoneándose y pululando con un halo de misterio que me envuelve.

Quiero ser imaginación. Poderosa fuente de sabiduría. Crear en mi mente mundos diferentes donde vivir a tu lado sin que nadie lo impida. Tener al alcance de mi mente todo lo que yo ambicione con tan sólo imaginarlo. Creer es poder, y yo puedo creer.  

Quiero ser palabra. Escrita o hablaba. Porque sin estas no podrías conocer mis pensamientos e inquietudes. Ser frase, los versos que forman una estrofa de rima consonante para crear un poema de amor, fantasías de un cuento infantil o de una novela. Las palabras que compongan la pintura en un lienzo. Las palabras que pueden crear en tu mente imágenes nítidas y fehacientes de lo que te cuento. “Te quiero” –frase que expresa mucho con pocas palabras. “No puedo vivir sin ti” –la boca se llena con el sentimiento al pronunciarlas.

Quiero ser enfermedad.  Marchitar la juventud y la belleza de tu rostro. Despojarte de la esperanza. Consumir tu vigor y alegría con mi paso mortal. Devorar el último aliento de vida que se escapa de tu boca trémula. 

Quiero ser sentimiento. El inocente afecto de un niño hacia sus padres. El cariño de un amigo que acude presto a socorrerte. Odio hacia los enemigos. Celos por la mujer que está a tu lado donde debería estar yo. Alegría por las cosas sencillas de la vida. Valor ante las situaciones adversas. Culpa al dañar a la persona amada sin querer. Felicidad cuando nace un bebé de tus entrañas. Orgullo de una madre cuando su hijo la abraza. Cruel al atacar para defender tu territorio. El dolor que sufres con la furia de mi puño. Y el más grande de todos, amor.

Quiero ser verdad. Camuflada entre líneas. Contundente por su claridad en otras ocasiones. La sinceridad de un amigo. La realidad de saber que no estás conmigo.

Quiero ser mentira. A veces se puede llamar verdad a medias. La destrucción que crea en las relaciones. Engaños camuflados de buenas intenciones. La falsedad de una sonrisa que parece ser amiga.

Este es mi mundo y aquí soy libre para ser lo quiera.

NOTA: Derechos de autor reservados.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Carta al más allá

 

Cada noche recuerdo cuando estabas aquí.
Mi beso se pierde en el aire y te doy las buenas noches.
Procuro estar ocupada para no pensar en ti.
Cuando veo a nuestros hijos siento tu ausencia asfixiándome.
¿Por qué no estás? ¿Qué pasó por tu cabeza?
Nuestros amigos dan palabras de ánimo.
Mi familia está apoyándome, pero nadie comprende cuánto duele.
 Sólo quiero que vuelvas.
Dónde se fueron tus caricias, dile a los rayos del sol que me las dé.
Dónde está tu aliento sobre mi piel, dile al aire que sople en mi oído.
Donde están las conversaciones, diles a los pájaros que me las trasmita.
Sigo aquí escribiendo cartas al más allá.
Recuerdo los últimos días que pasamos juntos y veo que ya estabas lejos.
 Todo apuntaba a un desenlace fatal. No lo supe ver.
Ahora sé que tú ya habías tomado una decisión.
¿Qué podía hacer yo? ¿Por qué no dijiste adiós?
En nuestro hijo veo tu retrato a tamaño reducido, gracias por dejar tu esencia.
Cuando nuestros hijos lloran y preguntan por ti la herida que dejaste sangra lágrimas de soledad.
Dónde están tus besos, dile al agua que sacie el deseo.
Dónde están las discusiones, dile a los truenos que repliquen mis acusaciones.
Donde están tus sonrisas, dile a la vida que sea una comedia.
No paro de escribir cartas al más allá.
¿Por qué, si elegiste dejarme, sigo enamorada?
¿Por qué, si no respondes, hablo contigo cada día?
Y seguiré escribiendo cartas al más allá.

NOTA: Derechos de autor reservados.

martes, 3 de mayo de 2011

Coleccionista de amantes (Presentación de Bib 2ª parte)



Antes de empezar a enumerar los diferentes amantes que he tenido creo que debería hacer un resumen sobre cómo funciono, mis preferencias y contar a grandes rasgos mi relación con los demás.
Los dormitorios de matrimonio suelen tener armarios dobles, una mitad para ella y la otra para él, en mi caso tengo una mitad para mi ropa, que me gusta renovar cada temporada, y lo otra es del hombre que llevo dentro donde guardo vibradores, condones, lencería para todos los gustos, lubricantes, esposas, fustas, falos de diversos tamaños y clases, disfraces de todo tipo… Ese es mi rincón favorito del piso. Cuando estoy estresada o tengo un rato libre abro de par en par el armario y elijo el juguete o juguetes con los que más me apetece pasar el rato.
Cuando la ocasión es propicia, y el hombre que me acompaña está de acuerdo, uso mis juguetes con ellos, pero como la mayoría son amantes de paso no procede ni siquiera el intercambio de teléfonos o la frase de cortesía: te llamaré.
Una tarde de otoño en la que estaba aburrida me quedé en la cama acompañada por mis juguetes. Estaba con el fabuloso conejito retozando por segunda vez desde que lo compré. La humedad descendía hasta las sábanas. La rotación del aparato acariciaba las paredes de mi cueva, sentía las perlas girar dentro de mí y la vibración iba en aumento. El conejito atrapaba con sus orejas mi botón mágico hinchándolo por momentos. Jadeaba, tenía los ojos cerrados para concentrarme en cada sensación, en cada convulsión de mi cuerpo y en los pellizcos que mi otra mano daba a los pezones. La piel estaba impregnada de sudor, las caderas se elevaban con cada embate y las piernas estaban en tensión. Puse al máximo la capacidad del conejo. Arqueé la espalda ante la proximidad del éxtasis. Los jadeos se convirtieron en gemidos ahogados. Apreté con fuerza mis pechos al sentir que iba a explotar. Grité al sentir el orgasmo, me retorcí y convulsioné como si estuvieran estrujando mi alma como un papel.
El placer fue decayendo, mis extremidades empezaron a relajarse, a la vez que los gritos volvieron a ser jadeos. Estaba deleitándome con las últimas sensaciones del éxtasis, sin pensar en nada, saboreando esos instantes de felicidad cuando llamaron al timbre. Resoplando al borde del cabreo me puse una bata de satén y abrí la puerta, era Sara, mi mejor amiga.
-Te he pillado durmiendo –dijo al verme el pelo revuelto y en bata.
-No, estaba con mi vibrador –contesté dejándola entrar y con un gesto que quería decir: eso es mucho peor.
-Lo siento –dijo cortada por mi contestación. Su expresión se volvió lozana y entró-. De eso venía a hablarte. Tengo que escribir un artículo sobre juguetes sexuales y las preferencias de los consumidores, así que venía para hacerte una especie de sondeo.
-Me alaga que hayas pensado en mí –dije con sinceridad y una amplia sonrisa picarona.
-No conozco a nadie con menos tabúes y que le guste tanto este mundo como a ti.
-Ven conmigo, te voy a enseñar mi paraíso –dije cogiéndola de la mano.
La llevé a mi dormitorio que tenía las sábanas revueltas y el conejito todavía estaba sobre la cama. Sara lo vio, pero no dijo nada. Abrí el armario y los ojos de Sara refulgieron con una sonrisa de ilusión. Pasamos horas hablando de ellos y para lo que los usaba. Cuando publicó su artículo, que apareció en portada, me regaló el que es actualmente mi vibrador favorito. Es un llavero del tamaño de un dedo meñique, plateado, con estrías y tiene mi nombre grabado, lo llevo junto con las llaves de casa porque no parece un vibrador y en más de una ocasión me ha servido para gozar fuera de casa sola o con compañía.

NOTA: Derechos de autor reservados.

Coleccionista de amantes (Presentación de Bib)



Mi nombre es Bibiana, pero mis amigos me llaman Bib, es una horterada lo sé, pero suena sensual y yo soy todo sensualidad. Tengo treinta y nueve años, mido un metro setenta, pelo teñido de color chocolate, mejillas encendidas de pasión, ojos verdes como yo, labios hambrientos de besos, medidas perfectas y personalidad alegre, juguetona y llena de vida. Amante de la soltería y de todo el que esté dispuesto a pasar un buen rato. Trabajo organizando eventos, fiestas y celebraciones, lo que me permite conocer a gente muy diversa.

Empecé este diario para conmemorar mi cuarenta cumpleaños que será en seis meses. La idea surgió el día que mis amigas encontraron inverosímil, incluso escandaloso, que me hubiera acostado con tantos hombres que había perdido la cuenta. Pues sí, soy promiscua, ¿y qué? Me gusta el sexo, los hombres, estoy soltera y de muy buen ver.

En fin, que he decido recapitular en una especie de diario a todos y cada uno de los hombres que han pasado por mi vida, también hay alguna mujer y ahí entra en juego la primera amante que tuve y la única con la que sigo manteniendo relaciones con frecuencia: yo.

No tengo conciencia del primer orgasmo que sentí y yo siempre digo que cuando nací no lloré si no que gemí al sentir mi primer orgasmo. Desde niña me daba mucho gustito sentarme encima de un caballo balancín de madera y moverme despacio de un lado a otro, friccionando el sillín de piel con mi sexo: izquierda, derecha, izquierda, derecha, adelante y atrás. La agitación se apoderaba de mí mientras cabalgaba a galope hasta que sentía una explosión y cómo palpitaba mi chirla, que era así como la llamaba mi madre. Con el tiempo el caballo se quedó pequeño y mi abuelo los iba haciendo a mi medida hasta que cumplí los doce años. Entonces comprendí que allí, entre mis piernas, ocurría algo especial y que no debía compartirlo con los mayores. Así fue como empecé a mantener mi relación, conmigo misma, en privado. Durante los primeros años no me atrevía a tocar mi sexo y encontré formas de estimularlo: como la fricción con las piernas, la esquina del colchón, el agua a presión de la ducha y usando a escondidas mi último caballo de madera, que, por cierto, aún conservo y lo tengo en mi dormitorio para dejar la ropa o mis juguetes sexuales.

Al cumplir los catorce, una noche que me miré desnuda frente al espejo de mi dormitorio. Tenía mucho culo, poco pecho y cintura de niña, pero sentí curiosidad de saber cómo funcionaba exactamente la vagina, qué aspecto tenía y por dónde se suponía que debía entrar el pene. Con un espejo de mano pasaba las horas estudiando cada pliegue, cada recoveco y cada curva, acababa húmeda y excitada hasta que un día encontré el botón mágico. Jamás había sentido un orgasmo igual y quedé fascina con lo poderoso que podía ser algo, en apariencia, insignificante: el clítoris.

La curiosidad me llevó a leer artículos sobre el clítoris y el punto G, vi numerosas películas porno y cada vez me sentía más fascinada con aquel mundo de perversiones que me hacía sentir bien, repleto de un sinfín de posibilidades y con la vida por delante para probarlas todas.

Mis primeras incursiones para encontrar el punto G fueron un fiasco y, de hecho, no lo encontré hasta que no empecé a mantener relaciones sexuales. Ahora que ya sé dónde está y cómo explotarlo le hago visitas diarias a la cueva profunda en la que habita, me deleito con su tacto al hincharse y baño mis dedos en sus jugos. Benditos sean los dedos que hacen que el mundo gire.

Lo que más me gusta de ser mi propia amante es que nadie conoce mejor lo que quiero y cuando lo quiero, me anticipo a mis deseos y nunca defraudo a la mujer que tengo entre manos. Lo peor es que no puedo duplicarme o tener el doble de manos, que mis brazos fueran más flexibles para rodear mi cuerpo, que mis labios llenaran de besos toda la piel, pero lo que más rabia me da es que nunca podré deleitarme con el manjar que se esconde entre mis piernas, mirarlo de frente y decirle: eres mío, eres perfecto y te voy a devorar.

Podéis llamarme presuntuosa y egoísta, yo digo que soy fantástica. Creo que para ser buena en el sexo hay que empezar amándose a uno mismo y así transmitir y compartir ese amor con los demás. Por eso, puedo decir que nadie me quiere más que yo, que soy impresionante en la cama y mi primera y mejor amante tiene nombre de mujer: Bib.

lunes, 4 de abril de 2011

Destino




-¿Qué me ha pasado? –preguntó Ramón al ver una luz cegadora que lo envolvía.
-Vas a morir –dijo una voz con una dulzura sin igual, pero no supo si era de hombre o mujer.
-¿Cómo? ¿Por qué? Si sólo tengo veinticinco años –tartamudeó sorprendido.
-Por la mañana irás acompañado por tu mejor amigo Rubén al bar para desayunar. Antes de llegar, en la calle Gaudí a la altura del número seis te cruzarás con un matrimonio que pasean con un bebé y un niño de tres años. Una teja caerá, sólo te dará a ti y morirás –explicó con parsimonia la voz.
La blancura dibujó la imagen del acontecimiento. Ramón se vio caminando con su amigo y al cruzarse con el matrimonio, que reía las gracias del niño mayor, a hombros de su padre, mientras la madre empujaba el carrito del bebé. De pronto algo le golpeó en la cabeza y cayó fulminado.
La claridad le volvió a cegar.
-Yo no quiero morir –lloriqueó.
-Ramón, valor. Sabemos que te espera un futuro en el que salvarás miles de vidas, no podemos perderte tan joven, te necesitamos en la tierra, pero para eso deberás tomar la decisión más dura de tu vida –dijo la voz sin variar la dulzura en su tono-. Elige quién morirá en tu lugar y te salvarás.
-¿Qué?
-Elige entre Rubén, uno de los niños o uno de los padres.
Ramón enmudeció. Estaba soñando lo sabía, aunque algo le decía que no debía tomarse aquel aviso a la ligera. Ante la imposibilidad de tomar una decisión y la certeza que encontraría otra manera de sobrevivir o que sólo eran alucinaciones suyas dio una respuesta.
-Moriré yo –dijo con voz ahogada.
-Si así lo quieres. Hasta pronto, Ramón –la voz se despidió sin variar el volumen o el timbre.
Ramón despertó cubierto de sudor. Lo sabía, era un sueño, se dijo respirando hondo.
En el portal de su casa le esperaba Rubén.
-Menudas ojeras tienes, ¿has tenido visita nocturna? –se mofó.
-Ojalá, he tenido una pesadilla horrible, pero no me apetece hablar de ello –dijo en tono cortante.
-Como si alguna vez te apeteciera contarme algo. Por cierto, tengo noticias de mi tío, el medico que está en Perú, me ha dicho que nos espera este verano para que le ayudemos en la clínica donde está de voluntario. No nos pagarán nada, pero tampoco tenemos que preocuparnos del alojamiento, comida o del viaje –la voz de Rubén se fue emocionando a medida que hablaba, pero Ramón estaba mudo, sumergido en sus pensamientos-. Tío, ¿me estás escuchando? Que nos vamos a ejercer la medicina a Perú, a salvar vidas, como siempre lo soñamos desde que empezamos a estudiar.
Al girar la siguiente esquina Ramón dudó. Estaban entrando en la calle Gaudí. ¿Y si no fue un sueño?, pensó. Se detuvo en seco con la mirada perdida. Sintió que la calle se estrechaba más y más.
-Vamos por la calle principal –dijo Ramón como si estuviera hipnotizado y dio media vuelta.
-¿Pero qué cojones te pasa? Has salido como un zombi que ni ve, ni escucha, ni siente. Y ahora quieres que vayamos por el camino más largo. Tardaremos el doble en llegar –protestó caminado detrás de él para que Ramón se detuviera, pero no lo hizo.
No voy a morir. Con no pasar por esa calle tengo el problema resuelto, meditó Ramón con decisión mientras miraba las cornisas de los edificios a su paso.
Rubén atajó a su amigo al comprender que esta debía de ser otra de sus excentricidades. Ramón es un genio y los genios son raros, qué voy a hacer, pensó Rubén malhumorado.
Al cabo de un rato Rubén retomó la conversación del viaje a Perú con renovada ilusión mientras su amigo miraba pasar las nubes, los pájaros o a saber el qué.
-Ramón –le llamó Rubén cuando vio que no se detenía en el bar-, que te pasas la salida –bromeó.
Ramón bajó la vista y volvió en sí. Giró para volver sobre sus pasos. Rubén le esperaba con la puerta abierta y una sonrisa burlona. Por detrás de Rubén apareció un hombre con un niño a monas. Ramón parpadeó queriendo despertar. Al lado vio a una mujer sonriendo y empujando el carro.
-Vamos tío, que no soy tu criado –dijo Rubén bufando.
Ramón quiso entrar corriendo al restaurante. Las piernas no le respondían. Se quedó a dos pasos de su amigo a la vez que el matrimonio se cruzó con ellos.
-Rubén, salva muchas vidas por mí. 

NOTA: Derechos de autor reservados.